Pedro Sánchez intenta estrechar la comunicación personalizando el encabezado con un “Estimada Encarnación”; Mariano Rajoy opta por la fórmula más clásica de “Estimada amiga, estimado amigo”; Albert Rivera, por el contrario, elige un formato distinto, más visual, con puntos destacados del programa; por su parte, Pablo Iglesias obvia el saludo inicial, pero el hilo conductor de la historia de su abuela hace que hasta nos olvidemos de ese detalle mientras avanzamos en su lectura.

Como ya os podéis imaginar, hablo de las cartas electorales que todos habréis recibido en vuestro buzón: esas que la abuela de Iglesias consideraba un aburrimiento; esas que se dirigen a las mayorías, que diría Pedro Sánchez; esas a las que los candidatos les dan muchas vueltas, como reconoce Rajoy, pues guardan un aire romántico, personal, casi íntimo.

Empiezo con la de Sánchez, al que le perdono de antemano que me llame Encarnación. Se agradece, ante todo, el detalle personal, un embrujo que sin duda se rompe por la mala calidad de la impresión de este saludo, que contrasta con la calidad del resto de párrafos (una buena idea mal resuelta con un corta pega). De buenas a primeras, ya está el Partido Popular en escena, dedicando unas cuantas líneas más a relatar la nefasta gestión de Rajoy. Con esto, ya hemos consumido media carta, y una espera entonces toparse con las soluciones propuestas por el candidato socialista ante tal desaguisado.

Pero apenas vemos un atisbo de ello. Las promesas y el entusiasmo puesto en una política diferente distan mucho de avanzar en el qué y sobre todo en el cómo de las cosas. En una carta no cabe un programa, pero al menos unos trazos, una guía, son necesarios. El resto del mensaje está centrado en la idea de cambio, de revulsivo, de indignación, de pasar a la acción. Parece que el PSOE quiere parecerse un poco a Podemos.

El siguiente es Rajoy, que ha pensado mucho en esta carta, y efectivamente necesita algunos párrafos más que Sánchez para vender su gestión y también para pedirnos disculpas en una redacción en la que hábilmente los recortes y las vergüenzas se convierten en el sacrificio de una gran nación unida ante la adversidad. Decisiones difíciles en tiempos difíciles.

El resto del texto, donde se hace un uso mesurado e interesante de las negritas, centra los cuatro pilares de la política que el actual presidente quiere llevar a cabo (y en las que hizo hincapié en el cara a cara con Sánchez): crecimiento y empleo; Cataluña; terrorismo yihadista; y corrupción. Sí, corrupción. Todo un párrafo dedicado a una de las grandes vergüenzas que han salpicado al PP durante esta legislatura: la de Bárcenas, la de la Púnica, la de la reforma de la sede de Génova pagada con dinero negro… Parece un gesto atrevido, pero se agradece. Y como Rajoy esto ya se lo imagina, porque lo ha pensado mucho, nos despide con un “Muchas gracias”. Parece que la cosa, como la España del PP, va en serio.

Turno para la carta de Rivera, que en realidad no es una carta, sino un folleto. En él, se juega por un lado con la imagen y el eslogan de la ilusión, mientras que por el otro se nos resumen las ideas programáticas principales del “partido naranja”, centradas en “las personas” (política social); “las oportunidades” (empleo, autónomos, impuestos…) y “las manos limpias” (lucha contra la corrupción). No podía faltar una referencia al problema catalán, defendiendo una España diversa y unida. Ciudadanos se describe como “centro sensato”, como un proyecto regenerador que trae esperanza e ilusión.

Aunque el formato flyer es muy visual y efectivo, recomendable cuando se quiere ir al grano, nos quedamos sin embargo con las ganas de tener un “vis a vis” con Albert Rivera, que no nos da ni los buenos días, pero lo compensa con una amplia sonrisa, y con ese recurso ahora tan de moda de dirigir a no sabemos muy bien dónde la mirada de los candidatos. ¿A vosotros también os recuerda un poco a vuestra foto de la primera comunión? Pues sí. Podría decirse que Rivera nunca ha roto un plato.

Me queda la carta de Pablo, o mejor dicho, la carta de la abuela de Pablo. Mientras nos relata lo que pensaba su abuela de estas misivas, metiendo al mismo tiempo en la ecuación a Aznar, Zapatero y Rajoy, es como si dejásemos todo esto muy atrás, y los viésemos en color sepia, casi blanco y negro. Es realmente hábil, evocar así el pasado (más o menos feliz) mientras uno se presenta como un presidente de ahora y “para ti”, distinto porque no omite propuestas ni las confunde con promesas difusas, ni necesita una infografía para que te las leas. Simplemente, te las cuela en una historia. Y a todos nos encantan las historias, saber más de quien nos habla, y especialmente darle una alegría en el cielo a esa abuela. Iglesias es como un poeta de la política. Hay lírica, pero no estilo comulgante, sino en plan malote, bohemio y soñador.

Reconozco que me he quedado con más ganas de cartas. Pero tampoco se lo voy a echar en cara a Garzón (al que por cierto apoyan un montón de abuelas comunistas en Twitter), Herzog (qué os voy a contar) o Abascal (a este último menos que se las tienen secuestradas). No olvidemos que no todos los partidos juegan esta partida en igualdad de condiciones: un mailing cuesta muchos millones y lo paga la ciudadanía. Así que, mira, hasta que alguien se atreva con este dispendio, que al menos la carta merezca la pena.